Proyecto FOLTRA

Premio de Investigación "Dr. Ramón Ríos"

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Premio de Investigación "Dr. Ramón Ríos"

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Sábado 02 de Febrero de 2013 00:00

 De nuevo casi diez años atrás, tres meses después del accidente de Pablo, suena el teléfono a primera hora de la mañana y uno de mis colaboradores en la Facultad me comunica la trágica noticia: "Se murió Ramón...". No voy a describir lo que en aquel momento sentí, una mezcla de desesperación e incredulidad, pero sí recuerdo que el mundo se me vino encima. El que quizás fue el más brillante de todos mis colaboradores en mis años de docencia e investigación universitaria (la cual por cierto retomo tras mi jubilación voluntaria, pues el Consejo de Gobierno de la Universidad acordó hace tres días nombrarme Profesor Ad Honorem a propuesta del Departamento de Fisiología al que siempre pertenecí) había fallecido súbitamente en Nueva York, a los 31 años, donde se encontraba realizando estudios post-doctorales en la Universidad Rockefeller. Cuando todavía estaba recuperándome del impacto emocional del accidente de Pablo e íntegramente dedicado a la recuperación de éste el destino volvía a jugar una más que mala pasada.

Hoy, casi diez años después, el recuerdo de Ramón Ríos sigue intacto entre nosotros; sus extraordinarias cualidades humanas y su increíble capacidad para el trabajo sumadas a una inteligencia fuera de lo común hacen que ese recuerdo sea permanente y, por ello, desde laFundación Foltra, hemos decidido crear un Premio de Investigación que lleve su nombre. No está fijada la cuantía de ese premio, ni las bases, como tampoco el Comité que cada año decidirá quién es el premiado; en pocos días se dará a conocer de forma oficial, pero es ya el momento de anunciarlo.

Ramón Ríos había estudiado Farmacia en la Universidad de Santiago. Fue número uno de su promoción y el mejor expediente de la Universidad de Santiago en ese año con una nota media en la carrera de 9.8. Un fuera de serie. 

Quien lea estas líneas pensará que se trataba del típico "empollón". Nada más lejos de la realidad. A Ramón le gustaba salir con los amigos, las chicas, le gustaba el deporte (sobre todo el baloncesto que practicaba todos los días), la lectura, la música (tanto clásica como el rock duro). Poseía una gran cultura, producto de su ingente capacidad para absorber como una esponja todo aquello que le llegaba, fuera cual fuese el contenido. Era serio, pero cordial, muy cordial y extraordinariamente correcto.

Recién finalizada su carrera vino a verme porque quería integrarse en nuestro grupo de trabajo experimental, en Medicina. Tras hablar unos minutos con él muy pronto me di cuenta de que estaba ante un futuro brillante investigador. No tardó en demostrarme que no me había equivocado. En su primer trabajo, que defendió como Tesina de Licenciatura, demostró que la hormona de crecimiento (GH) no era un producto de secreción meramente hipofisaria, como hasta entonces se creía, si no que se expresaba en prácticamente todos los tejidos del organismo. Precisamente era lo que estábamos buscando en aquél entonces, finales de los años 90. Esas demostraciones nos permitieron acuñar el concepto de que la GH era una hormona pleiotrópica y que en realidad en el organismo existían dos sistemas GH: el clásico, la hormona producida por la hipófisis que desde ésta se vierte a la circulación y actúa de forma endocrina, y el que denominamos como sistema GH periférico, de acciones auto/paracrinas, es decir acciones restringidas a las células que la producen y células adyacentes.

Si todo ello fue importante desde un punto de vista científico mucho más lo fueron las contribuciones que Ramón hizo al conocimiento de la Miostatina. Ese fue un trabajo duro, durísimo más bien, que se tradujo en publicaciones de gran significación científica que todavía hoy siguen siendo una referencia mundial (de hecho hace 5 días un investigador serbio me solicitó por email que le enviase un vector de transfección génica, desarrollado en nuestro Laboratorio, para continuar con nuestros trabajos de entonces acerca de la Miostatina).

     El que Ramón se introdujese en el mundo de la Miostatina (inhibidor del crecimiento muscular) fue una casualidad y un gran reto científico. Estábamos pensando en un tema para su Tesis Doctoral que, como prácticamente todas las que dirigí, iba a estar relacionado con la GH. Pero un fin de semana se me ocurrió ir a visitar lo que entonces era una gran Feria Mundial Agropecuaria, la Feria de Silleda. Mi único interés era el ver qué tipo de animales se exponían allí. Cuando ví aquello que pacía plácidamente en un stand me sorprendí...."¿Qué es eso?, ¿cómo unos bueyes pueden tener tal grado de desarrollo muscular, sin gota de grasa?". Me acerqué al stand donde aquellos colosos se exponían y pregunté a los veterinarios belgas a cargo del stand si aquellos monstruos de fuerza eran un producto de ingeniería genética. La respuesta fue que no, que eran una raza típica belga, "el belga azul", de la que no se conocían las razones por las que desarrollaban tal musculatura. La verdad es que no les creí y durante casi dos horas estuve tratando de averiguar de aquellos veterinarios qué había detrás de aquella raza. Hice fotos y más fotos tremendamente sorprendido ante lo que veía.

      Me pasé días, tras aquella "visión", dándole vueltas a cuál podría ser la causa de aquellos fenómenos de la naturaleza hasta que le enseñé las fotos a Ramón y le dije: "Esta va a ser tu Tesis. Hay que averiguar qué produce ésto, porque seguro que se trata de una modificación genética". Ramón aceptó el trabajo a sabiendas de que nos enfrentábamos a una tarea más que complicada y que difícilmente daría frutos. Fueron muchísimas horas de búsquedas en las bases de datos de genomas que entonces se comenzaban a conocer; muchas horas de establecimiento de hipótesis hasta que un día llega a mis manos un número de la revista Science o Nature (no recuerdo exactamente cuál de las dos) en cuya portada aparecía en grandes titulares: "Descubierto el misterio del belga azul: presentan una deleción de un gen cuya ausencia lleva a que el músculo se desarrolle hasta límites insospechados". Junto al titular aparecía una foto de un superbuey. Inmediatamente se lo enseñé a Ramón diciéndole: "ya tenemos por donde empezar, es la falta de un gen al que los descubridores norteamericanos llaman Miostatina (Mios = músculo, Statina = frenador)". La falta o mutación de ese gen lleva a que el músculo no tenga ningún freno para su desarrollo.

      Bien, sobre esa base firme ya podíamos comenzar a trabajar. No voy a extenderme aquí en todo lo que Ramón hizo en ese campo y lo que publicamos, pero sí reseñar dos cosas: uno de los trabajos, publicado en 2004, tristemente con Ramón ya fallecido (debido al retraso que transcurre desde que una publicación es aceptada hasta que se publica) fue considerado como el trabajo más elegante (por su diseño, contenido y significación) del año 2004; otro aspecto importante para recordar fueron las palabras que pronunció el Presidente del Tribunal de la Tesis Doctoral de Ramón, el profesor Enrique Aguilar (catedrático de Fisiología de la Universidad de Córdoba y una de las mentes más claras de la Fisiología española de los últimos 40 años): "Esta es una de las Tesis que dan prestigio a una Universidad". Por supuesto Ramón fue calificado con Sobresaliente Cum Laude y posteriormente fue Premio Extraordinario del Doctorado, como lo había sido de Licenciatura. Llegado este momento no puedo olvidar el que mientras Ramón defendía su Tesis, a finales de noviembre de 2002, mi hijo Pablo estaba en coma en la UCI. Asistí a la defensa de la Tesis como Director que era, pero las circunstancias personales por las que pasaba me impidieron disfrutar de aquel momento.

Finalizadas las Navidades de 2002 Ramón se fue a Nueva York, invitado por el Profesor Peter Mombaerts de la Universidad Rockefeller para realizar una estancia postdoctoral en su laboratorio. Cuando me comunicó que se iba pensé que le había perdido para siempre, pues como brillante investigador se quedaría en los Estados Unidos. También pensé que Ramón sería un futuro Premio Nobel o similar.

Nada más incorporarse a aquel laboratorio el propio Dr. Mombaerts le encargó de la realización de un trabajo en el que llevaban tres años metidos sin resultados; todos aquellos que lo habían intentado habían sido incapaces de obtener conclusiones, tal era la complejidad del tema. El tema de investigación era totalmente nuevo para Ramón y muy alejado de todo aquello en lo que hasta entonces había trabajado. Sin embargo, en menos de tres meses Ramón puso el dedo en la llaga y encontró el camino para revelar aquel galimatías. Así me lo dijo el propio Mombaerts cuando dos meses después del fallecimiento de Ramón se desplazó a Santiago para participar en un homenaje en memoria de éste. 

Fueron muchos los correos electrónicos de condolencia que recibí desde todos los lugares en los que Ramón había trabajado en su etapa pre- y post-doctoral: desde el Instituto Karolinska de Suecia a donde le había enviado para perfeccionar unas técnicas durante 6 meses, hasta sus compañeros de aquel laboratorio de la Universidad Rockefeller de Nueva York en la que en tan poco período de tiempo se había granjeado la amistad y el respeto profesional de todos los que le conocieron. Allí hay un abeto por ellos plantado en su memoria. No me cabe duda alguna de que ese abeto habrá crecido tanto como lo habría hecho el genio científico y humano de Ramón si el destino no le hubiese jugado una muy mala pasada. Nuestro abeto es el recuerdo imborrable del joven científico que a las 8 menos cuarto de la mañana venía todos los días a mi despacho en la Facultad de Medicina para mostrarme resultados y discutir éstos. En su memoria y para que su recuerdo nos estimule a seguir trabajando más y mejor hemos decidido crear este Premio de Investigación que llevará su nombre.

Como ilustración final estas imágenes de ratones en los que se bloquea la acción de la miostatina a nivel muscular mediante la transfección de un gen dominante negativo del receptor de este péptido (imágen A) lo que impide que la miostatina pueda enviar sus señales negativas para el crecimiento muscular, o la del animal en el que se induce la sobreexpresión de otro péptido (Folistatina, imágen B) que se une a la miostatina e impide que ésta actúe. Compárense estas imágenes con las de un animal control para entender bien qué es lo que la Miostatina hace a nivel muscular. Los trabajos de Ramón Ríos fueron claves para entender este mecanismo de acción.   

 

 

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